El arte del reloj

Los artistas relojeros. Siempre que se acerca la nochevieja, cada 31 de diciembre al mediodía, espero con interés el clásico reportaje sobre el relojero que vigila y controla que todo esté en orden en el reloj de la Puerta del Sol de Madrid, de cara al correcto funcionamiento del mismo en la noche de despedida del año. La relojería tiene algo de arte, de alquimia y de magia. Los profesionales de la relojería, ya sean creadores o vendedores (como los de la tienda Only Silver), tienen un aura que inspira cierto acercamiento a la magia.

Controlar el tiempo siempre ha sido una de las mayores aspiraciones humanas. Quizás porque no existe ninguna posibilidad de controlarlo. Los artistas han vivido, generación tras generación, obsesionados con el paso del tiempo. Pero ninguno ha conseguido reducir el tiempo a un elemento controlable por la mente o el cuerpo humano. Tal vez el cine se haya convertido en la expresión artística que más se aproxime a ese control del tiempo (aunque habría que entrecomillar vehementemente la expresión). Explicaba el mítico cineasta ruso Andrei Tarkovski que el cine es el arte de “esculpir en el tiempo”. Así se llama una de sus principales obras, el libro en el que expone toda su teoría sobre la cinematografía y el arte de filmar desde su visión más personal de la disciplina artística. No es el único cineasta que se ha interesado por el tiempo. En realidad, aunque es una tautología, todos los cineastas viven interesados por el tiempo. Uno de los ejemplos más claros, evidentes y disfrutables es, sin duda, Antoine Doinel, el clásico personaje creado por François Truffaut a través de cinco de sus películas: Los 400 golpes (1959), ópera prima del cineasta francés; Antoine et Collete: el amor a los veinte años (1962), Besos robados (1968), Domicilio conyugal (1970) y, por último, El amor en fuga (1978). En estas cinco películas, que comprenden 19 años de la filmografía del autor galo, referente de la autodenominada Nouvelle Vague, el espectador asiste al paso del tiempo y a su incidencia en la vida del personaje de Antoine, alter ego del director.

La saga creada por François Truffaut es un claro referente para uno de los cineastas más preocupados por el paso del tiempo en la actualidad del panorama cinéfilo: Richard Linklater. El autor norteamericano empezó a dar muestras de su interés por el tiempo como elemento central de sus películas muy pronto. Su trilogía del amor (Antes del amanecer [1995], Antes del atardecer [2004] y, finalmente, el cierre, Antes del anochecer [2013]) supone el acercamiento más prolongado del director a la idea del ruso Tarkovski. En las tres películas, Linklater recoge el transcurso de la vida en una pareja. Primero se conocen, luego se reencuentran y, finalmente, los vemos como matrimonio en el principio del otoño de sus vidas. Entre cada película pasan 9 años. El cineasta estadounidense también muestra su inquietud ante el pasado, el presente y el futuro en otra obra de su filmografía: Tape (2001), en la que un trío se reúne tras unos años sin verse y, pronto, comienzan a salir trapos sucios. No obstante, la máxima aproximación al tiempo de Richard Linklater llegó en 2014 con el estreno de Boyhood, película rodada durante 12 años con los mismos actores, que recoge el paso de la infancia a la madurez de un joven (y también, por consiguiente, de su actor).

Lejos del cine también encontramos artistas y creadores fascinados por el tiempo. Nadie que los haya visto habrá olvidado los relojes de Dalí. Ni el famoso y fascinante Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj de Julio Cortázar. Para el autor argentino el reloj fue una especie de musa y de su reflexión surgió una de las más bellas piezas literarias de los últimos años. Sea como sea, el tiempo es un regalo, y el reloj la única manera mediante la que podemos acercarnos a controlarlo. Y también los relojeros, creadores y vendedores como los profesionales de Only Silver, son una suerte de artistas y artesanos a tener en cuenta. Regala arte, regala un reloj. Sed bienvenidos al precioso y “pequeño infierno florido” del que nos hablaba Julio Cortázar.

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